La industria audiovisual ha experimentado un crecimiento notable en Catalunya durante la última década, impulsada por producciones internacionales, plataformas de streaming y un interés creciente por rodar en escenarios locales. Sin embargo, un estudio pionero realizado recientemente en la región ha sacado a la luz un problema profundo y urgente: la violencia en el entorno audiovisual, especialmente la que se ejerce sobre mujeres en rodajes, está provocando que muchas profesionales abandonen sus trabajos, cambien de sector o reduzcan su participación en proyectos por motivos de seguridad y bienestar emocional.
El estudio —el primero en abordar de forma integral las violencias laborales, psicológicas, sexuales y simbólicas dentro de los rodajes catalanes— recoge los testimonios de actrices, técnicas, productoras, guionistas y otras profesionales que operan en distintos niveles de la cadena audiovisual. La conclusión es contundente: la normalización de comportamientos abusivos y la falta de mecanismos eficaces para denunciarlos están expulsando talento femenino en una industria que no puede permitirse perderlo.
Según los datos de este análisis, las formas de violencia más comunes no siempre son las más visibles. Muchas mujeres entrevistadas describen ambientes donde los comentarios sexistas, los chistes inapropiados o la infantilización de sus capacidades se presentan como “parte del proceso creativo” o “bromas entre compañeros”. Lo que para algunos es humor, para muchas significa desgaste emocional constante. Esta violencia simbólica termina calando en la autoestima profesional de las afectadas, quienes sienten que deben esforzarse el doble para ser tomadas en serio.
Otra dimensión especialmente alarmante del estudio tiene que ver con la presión física y emocional asociada a ciertas escenas. En varios casos, se documentan situaciones donde las actrices no fueron informadas con antelación adecuada sobre la naturaleza de una escena íntima o de riesgo, o donde se les exigió repetir tomas más allá de lo pactado inicialmente. La falta de coordinadores de intimidad —una figura que debería ser obligatoria en cualquier rodaje donde existan escenas sexuales o de vulnerabilidad física— se menciona repetidamente como uno de los factores que expone a las mujeres a dinámicas de poder peligrosas.
En el caso de las trabajadoras técnicas, el estudio también revela una problemática estructural relacionada con el liderazgo masculino dominante en departamentos como iluminación, sonido o cámaras. Algunas participantes detallan cómo sus decisiones eran constantemente cuestionadas, cómo se les asignaban tareas menos cualificadas pese a tener más experiencia que sus compañeros o cómo se usaban gritos y humillaciones como método de dirección. Estos patrones, lejos de ser anecdóticos, evidencian una cultura arraigada que necesita una transformación profunda desde la formación hasta la dirección de los equipos.
Uno de los puntos más dolorosos del informe es el que recoge el impacto psicológico de estas vivencias. Muchas profesionales afirman haber sufrido ansiedad, insomnio, ataques de pánico o pérdida de pasión por su trabajo. Aunque algunas buscaron apoyo psicológico, otras optaron por abandonar rodajes o incluso la industria completa para proteger su salud mental. El estudio describe este fenómeno como “fuga de talento por violencia normalizada”, una frase que resume la gravedad de lo que está ocurriendo.
La respuesta institucional aún avanza con lentitud. A pesar de que Catalunya ha impulsado en los últimos años normativas para promover la igualdad y combatir el acoso laboral, su implementación en el sector audiovisual es desigual. Varias mujeres denuncian que, cuando intentaron reportar abusos o comportamientos inapropiados, los equipos de producción priorizaron terminar el proyecto antes que abordar el conflicto, o minimizaron las quejas para evitar “ruidos” que pudieran afectar la imagen de la producción. Esta falta de protocolos robustos genera un círculo de silencio donde las víctimas se sienten aisladas y sin respaldo.
No obstante, el estudio también destaca señales de esperanza. Algunas productoras catalanas han comenzado a incorporar figuras de prevención de riesgos psicosociales en sus rodajes, junto con talleres de sensibilización para los equipos. También se está promoviendo la creación de canales de denuncia externos, donde las profesionales puedan reportar incidentes sin temor a represalias internas. Aunque queda mucho por recorrer, estos primeros pasos apuntan hacia un cambio cultural necesario.
El informe concluye que la industria audiovisual catalana debe tomar medidas urgentes para asegurar que sus rodajes sean espacios seguros, creativos y respetuosos. La violencia —normalizada o explícita— no solo afecta a las mujeres que la sufren; empobrece el conjunto del sector, limita la diversidad de miradas y niega oportunidades a quienes, con talento y dedicación, podrían contribuir a un audiovisual más justo e innovador. Las voces recogidas en este estudio no solo denuncian una realidad incómoda; marcan un camino imprescindible hacia una transformación que ya no puede postergarse.
